El cielo cubre de respeto el Vía Crucis del Señor de San Nicolás

El Vía Crucis de las cofradías cordobesas con el Señor de San Nicolás resalta por su sobriedad y solemnidad. La lluvia caída en torno a las 21.00 horas impide el regreso a su templo

El Señor de San Nicolás entra al interior de la SIC por la Puerta de las Palmas/ÁLVARO PINEDA

La costumbre, siempre la costumbre, se cumplió una vez más con las miradas puestas en el cielo de un sábado que amaneció levemente nublado. Y es que la Córdoba cofrade tenía una cita ineludible y soñada, en este caso para los hermanos de la Sentencia, puesto que el Señor de San Nicolás presidía el Via Crucis de las cofradías cordobesas.

Pese al aire fresco que soplaba amenazante en nuestra ciudad a primera hora de la tarde todo se inició según lo previsto. A las 17.14 salía la Cruz de Guía de la cofradía del cancel de la parroquia de San Nicolás de la Villa; el Señor sobre sus parihuelas lo hacía, con puntualidad, seis minutos más tarde.

Y así, casi en un suspiro, sobre las 17.30 la cabeza del cortejo alcanzaba la Plaza de Ramón y Cajal mientras que Ntro. P. Jesús de la Sentencia parecía caminar por San Felipe. Lo hacía con determinación y paso firme como el que sabe bien a donde se dirige, como el torero cuando cruza el albero durante el paseíllo.

Solemnidad

Y todo en el ambiente se tornaba solemne: el aire perfumado con fragancia de incienso y la cera que ardía sobre los altos ciriales que portaban cariacontecidos acólitos con dalmáticas burdeos. Y, muy especialmente, la música que todo lo envolvía como en un precioso celofán gris.

Pero nada de esto era de extrañar tratándose de esta singular cofradía del Lunes Santo donde nada se deja al azar, donde cada detalle cuenta buscando esa cualidad, que ahora tanto suena, la “excelencia”. Y así los dos centenares de personas, hermanos, costaleros, representantes de la Agrupación de Cofradías, fueron alcanzando el entorno de nuestra sin par Mezquita-Catedral.

Patio de los Naranjos e interior Catedral

Señalaban las campanas de la torre de la Catedral, la que construyera Hernán Ruiz III, las 7 de la tarde cuando la Cruz de Guía cruzaba el arco de la Puerta de Santa Catalina que daba la entrada a un Patio de los Naranjos menos lleno de público que en años anteriores. Tampoco era necesario. Sonaba “Christus factus est” (Zarzuela) en esos momentos.

Cinco minutos exactos después el Señor alcanzaba la Puerta de las Palmas donde aguardaban el vicario general de la Diócesis, Antonio Prieto Lucena, revestido con capa pluvial como corresponde, y el delegado diocesano de HH y CC., Pedro Soldado, vestido de canónigo. Tras las parihuelas con la imagen de Martínez Cerrillo lo hacía el párroco de San Nicolás de la Villa, consiliario de esta hermandad y canónigo, Antonio Evans.

De esta manera, comenzaba el rezo de las catorce estaciones de este piadoso y cuaresmal ejercicio con la presencia del resto de cofradías de la ciudad que portaba sus estandartes y, en algunos casos, sus cruces de guía. En el cortejo de ida sólo las del Lunes Santo cordobés, las “vecinas” Santa FazBuena Muerte y Nazareno de La Rambla acompañaron al Señor.

Suspensión

En torno a las 20.40 finalizaba la liturgia de este acto. Fue entonces cuando los responsables de la cofradía de la Sentencia comprueban, tras asomarse al Patio de los Naranjos, que el tiempo ha empeorado y comienza a llover.  Reunión de un cuarto de hora del Cabildo de Oficiales para tomar una decisión: suspensión del recorrido de vuelta.

Entonces se anuncia a todos los allí presentes que el Señor no volverá a su templo del centro de la ciudad y permanecerá en el interior de las naves catedralicias hasta su traslado, ya con carácter privado, previsto para hoy. Desalojados ya los representantes de las hermandades y público en general se viven unos momentos de emoción contenida.

Los propios hermanos, no ya la cuadrilla de costaleros, y miembros del máximo órgano de responsabilidad cofrade descargan sobre sus hombros las traviesas de las parihuelas cedidas por el Nazareno de La Rambla. Comparten entonces una sensación, única e indescriptible: compartir con ese Cristo, ya sentenciado, el peso de la madera que, hecha cruz, se convertirá en puente para la Resurrección.